Del otro lado

Por Carlos López-Aguirre

La relación entre el músico callejero y su público. De eso quería hablarles en esta ocasión, y lo haré. Sin embargo, el punto de vista será distinto. Mi objetivo era hacerlo desde la mirada del músico, sin embargo, diversos factores impidieron que pudiera lograrlo, así que apelaré a mi humilde experiencia como oyente y público de varios músicos callejeros tanto de Barcelona como del otro lado del Atlántico.

Nací y crecí en la Ciudad de México, así que la música callejera ha sido cosa de todos los días, y no porque haya toda una cultura de la misma en la capital del antiguo imperio Azteca, sino porque hay bastantes personas que utilizan este medio para subsistir. No obstante, también hay gente que está en el medio porque verdaderamente lo único que quieren hacer en la vida es lo que más le gusta: tocar, sin importar el escenario ni el público.

En México podemos encontrar desde niños que viven en la extrema pobreza que tocan un acordeón al cual le faltan varias teclas y se dedican a repetir el mismo acorde por horas y horas, hasta un grupo de música andina que conocí a comienzo de la década de los noventa, los cuales actualmente cuentan con un público fiel dentro del metro y que compran alguno de sus tres discos y que van a verlos al Jardín Hidalgo en Coyocán cada domingo. Sin embargo, la generalidad en México es el músico solista con guitarra acústica. A ellos fue a los que más monedas di cuando pude y, cuando no, por lo menos una sonrisa que siempre fue agradecida.

No olvido las veces que dejé de leer para simplemente escuchar: desde boleros, que me recordaban el último amor perdido, hasta la siempre viva trova cubana que me obligaba a no abandonar la lucha. También estaban los que tocaban rancheras, México reflejado en una canción, o los que interpretaban a su estilo a Caifanes, Soda Stereo o Maná. En todos los casos, cuando subían a un microbús después de pedir permiso al chofer y éste apagaba sus cumbias mexicanas, todo el mundo guardaba silencio, a la espera de los primeros acordes y de la entonación de la voz. Si el músico era de su agrado el silencio se perpetuaba, si no, las charlas continuaban: el público, ese gran sabio que sabe hacer grandes a quien lo vale.

De todos los músicos callejeros que recuerdo, siempre se me viene a la mente uno que conocí una madrugada en un microbús de regreso a casa. Era un campesino, de ropa de manta y sombrero, reconvertido en músico, quien nos hizo felices durante un tortuoso camino debido a la discusión entre un pasajero y el ayudante del chofer, quienes en una esquina bajaron a pelear. El músico bajó en ese momento para seguir su camino y acabo en medio del pleito. La policía dejó ir al chofer y al pasajero después de dar su respectiva ‘mordida’. El músico se fue detenido.

Al llegar a la península Ibérica, mi relación con la música callejera continuó, principalmente en el metro. Recuerdo que cuando llegué siempre le di unos céntimos a un violinista en la estación Nuevos Ministerios de Madrid. Era muy bueno y me alegraba cada mañana en uno de los largos pasillos de dicha estación. Mucho tiempo después, cuando ya vivía en Barcelona, pasé por aquel lugar y nos volvimos a encontrar e increíblemente me reconoció.

En la Ciudad Condal mi relación más estrecha ha sido con el acordeonista del metro Fontana, nunca he hablado con él, pocas veces le he dado una moneda. Y aunque tiene un repertorio limitado, su ausencia se nota, siento que hace falta algo cada vez que voy de camino a casa.

Por supuesto no puedo dejar de mencionar mi doble experiencia en el Busker’s Festival en la Barceloneta. Especialmente la versión del 2007, cuando bailé con Robadors 51, vibré con Sakapatú y reí con Los Pacos y su versión de ‘Oye Bartola’, del mexicano Chava Flores.

No sé si todo lo que acabo de decir sirva de algo para promover que la música callejera no se pierda, pero sí quisiera pedir que todo aquel que lea esto recuerde a los músicos callejeros que han pasado por su vida y verá que alguno lo hizo soñar.