El difícil arte de hacer música en la calle

Por Carlos López-Aguirre

Es un sábado por la tarde cualquiera en la ciudad de Barcelona. La gente sale del metro y se encamina a la salida en busca de Las Ramblas. Al arribar a la pequeña cúpula que cubre las diferentes salidas del Metro Catalunya, la gente se encuentra con un tumulto que mira entre asombrado y sonriente a tres parejas de ancianos que bailan al ritmo de un son interpretado por cuatro músicos con apariencia de haber venido directamente desde el mar Caribe para alegrar el Viejo Mundo.

A cada llegada del metro, más gente se integra a lo que ahora es una fiesta cubana en pleno corazón de Barcelona. Cuando suena el último acorde se escuchan aplausos, varias monedas caen en los estuches de las guitarras, algunos se van felices con un CD en las manos. Cuando llega el silencio, los músicos toman sus instrumentos, se miran complacidos. Esa tarde ha sido magnífica, pero no saben cuándo habrá otra igual. En el mundo del músico callejero la certidumbre no es un hábito.

Desde hace varios años Barcelona es considerada como una de las principales capitales culturales a nivel europeo y mundial. Para América Latina es todo un referente. No obstante, la música callejera vive un momento difícil. Claro ejemplo de ello son Las Ramblas. Podemos encontrar decenas de estatuas humanas, pintores e incluso poetas, pero prácticamente ningún músico.

Germán Casseti ha tocado por las calles de Barcelona desde hace poco más de cuatro años, además de hacerlo también en otras ciudades del estado español, Italia, Francia y Suiza, y asegura que en ninguna ciudad ha sentido tanta persecución como en la capital catalana. Para Germán el problema radica en que las autoridades no ven, o no quieren ver, a los músicos callejeros como artistas, ni mucho menos como trabajadores que con sus capacidades intentan ganarse su sustento, sino como mendigos. Lo mismo piensa Hugo Guerrero, presidente de la Asociación de Músicos de Calle (AMUC-Barcelona). Añade que el problema con las autoridades de la ciudad nace a partir de la inexistencia de una política clara frente a los músicos callejeros. Por su parte, Germán considera que el gobierno local no hará nunca una regulación al respecto pues éste rechaza de antemano la música callejera porque será difícil que saquen partido económico de ella.

Actualmente la AMUC-Barcelona cuenta con un convenio con Metro de Barcelona en el cual los músicos cuentan con un espacio establecido. La asociación realiza de forma quincenal un sorteo para adjudicar dichos lugares. Para entrar dentro de este sorteo los músicos tienen que darse de alta en la Asociación y pagar una cuota anual. Por ahora la AMUC-Barcelona no se plantea buscar un acuerdo para que sus socios toquen en la calle.

Germán considera que la opción del metro no es suficiente, que debería haber mayor libertad para tocar en la calle, por lo que en definitiva piensa que Barcelona ya no es un destino atractivo para los músicos callejeros.

Pero independientemente de los problemas de regulación que existen en la ciudad, tanto Germán como Hugo consideran que el nivel de los músicos callejeros es bueno, no existe un ambiente de competitividad, y todos buscan, de alguna manera, que la música no deje de alegrar las calles de Barcelona.

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